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RELIGIÓN Y POLÍTICA

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Francisco Flores Legarda

 

“Piensas una cosa, deseas otra, amas otra, haces otra” Jodorowsky 

Ahora, esta idea –religión y política como incompatibles– está, por demás, bastante difundida aunque, no por ello, corresponda a la realidad de las religiones y, en este caso, a la vida cristiana misma. En este caso, bastaría con recordar al Jesús de los evangelios, capaz de llamar hipócritas a quienes descuidaban el amor al otro por la simple correspondencia a una ley deshumanizante. Para este Jesús, la vida política es una expresión más del “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y a la conducta de los católicos en la vida política de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (2002) afirma: “El derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social…”. De este derecho-deber se trata de profundizar, en estas líneas.

El horizonte necesario: humanos, sí; ideologizados, no ¿Cuál es el horizonte específico desde donde el cristiano (laico o religioso) ha de asumir su inserción en la vida sociopolítica y económica de los pueblos? Lógicamente, desde la misma vida de fe: desde sus auténticos contenidos y su llamado genuino por lograr condiciones de existencia más humanas para todas las personas. Una dimensión que sólo encuentra su sentido definitivo al hacer una experiencia sin igual, que nos coloca en el corazón mismo de la vida trinitaria: descubrir a los diferentes a sí mismos como un tú –como alter, otro– y, por ello, se hace necesario establecer una relación de igualdad y reciprocidad –no de dominio– para luego, poder percibir en el otro el rostro del hermano, de la hermana, con el que nos unimos en un solo clamor filial al Padre.
Esto coloca, entonces, un marco referencial para leer la realidad histórica en clave cristiana, sea cual sea la época que se vive: el discernimiento atento, en una perspectiva teológico trinitaria. Implica, según expresa la extraordinaria encíclica Solicitudo Rei Sociales (1987, Nº 40), un claro reconocimiento “de la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, hijos en el Hijo, y de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo”. Estos tres elementos: paternidad común, fraternidad humana y acción vivificadora, son entonces los elementos que constituyen el modo como el cristiano procura alcanzar los fines sociopolíticos que se propone en un determinado momento histórico. En otras palabras: la vida política es una condición del seguimiento de Cristo y es una experiencia que se arraiga en la búsqueda personal y cotidiana de Dios, a través de una praxis histórica que dignifique las condiciones de vida de todos los seres humanos, reconociéndolos como nuestros hermanos.

La búsqueda de la presencia de Dios en lo cotidiano, en los ámbitos personales y comunitarios, no es un estilo de vida que le es propio sólo a una categoría de cristianos –quizás a los reconocidos oficialmente como religiosos o como clero–. Es, más bien, una forma de vivir, un estilo de vida, que define al ser mismo de la praxis y la necesaria reflexión de la propia vida de fe de cualquier bautizado.

Esto coloca a cada creyente en medio de un serio dilema: ¿cómo integrar los contenidos de su fe –la experiencia de la fraternidad universal y de la filiación divina– con las implicaciones que tienen para su cotidiano vivir y su plena realización humana?
Dividir estas dos cosas nos lleva a algo conocido y reconocido por la mayoría de los seguidores de Jesús: la dicotomía fe-vida, y sus desastrosas consecuencias, ante todo, para quien opta por vivir así y que, socialmente, se estructuran hasta componer el “pecado social” al cual todos –de pensamientos, palabras, obras u omisión– colaboramos.
Este reto, en realidad, sólo puede ser afrontado desde la más radical honestidad y con realismo, respetando también las leyes de la psicología que nos caracterizan como individuos.

¿El fin justifica los medios?

Retomemos las palabras dilema, reto. Éstas nos llevan a preguntarnos por los caminos, los medios o, si preferimos, lasmediaciones. ¿Qué caminos tomar, qué medios asumir? Esta elección no se basa en gustos, preferencias o tendencias de la moda. En realidad, al elegir los medios podemos estar jugándonos nuestra propia identidad humana y cristiana. Los medios que un cristiano asume –en ese proceso que lo lleva a insertarse y a optar por una determinada praxis sociopolítica– no pueden ser intermedios o tibios, necesariamente han de identificarse y corresponder, por sí mismos, al fin humanizante y plenificante que persiguen.
Muchos cristianos creen poder vivir su fe de forma simple, intimista,sin más, indiferente a cualquier ejercicio honesto de discernimiento de las mediaciones sociopolíticas practicadas por los distintos regímenes o sistemas políticos en los que viven. Otros tantos, tal vez con más estudios, leen continuamente la realidad de un determinado país o región a través de los principios e ideas que emanan de sistemas sociológicos e ideológicos, desde donde fácilmente hacen interpretaciones de afirmaciones teológicas, acomodándolas al propio consumo, con la finalidad de legitimar un supuesto carácter cristiano en dicha opción política. Así, en Venezuela tenemos tantos “santamente”  opositores.

Pero no basta el simple hacho del compromiso pastoral o una continua labor social, es necesario y urgente el discernimiento de dicha realidad, con todo el peso que dicha palabra entraña: la de quien, para buscar el oro, pasa por el tamiz la arena y la piedra; o la de quien, para aprovechar el grano, cuela las impurezas de la gavilla. Se discierne lo que ahí sucede y cómo se van estructurando las relaciones humanas, cómo se va conformando una nueva consciencia en la praxis sociorreligiosa, que en algunos casos tiene poco, muy poco de cristiana. Incluso, recurrimos a la actitud retratada por la sabiduría popular y prendemos “una vela a Dios y otra al diablo”. Así, adaptamos sin más la acción pastoral y el trabajo con las comunidades, a las nuevas condiciones de vida de cada realidad, independientemente de cómo ésta se nos presente en una determinada coyuntura sociopolítica.

Lo afirmado anteriormente nos previene ante dos peligros: el primero, la elaboración de una teología apolítica –una fe sin relación alguna con la cultura y una noción de salvación que no comprenda la dignidad humana–; el segundo, la elaboración de una política teológica, al mejor estilo de las teocracias, o una teología a la medida de un determinado sistema político. El célebre teólogo alemán Kalr Rahner sostiene, ante ello, que se trata de una fe que se ajusta a la cultura y una salvación que se diluye en esta historia, perdiendo toda noción de trascendencia y olvidándose de su narrativa profética.

Lógicamente, la fe siempre se realiza dentro de una determinada forma cultural. No podría se diferente, aún cuando los propulsores de la Nueva Era o New Age intenten proponer lo contrario. No existe una fe abstracta o genérica, pues ella es parte inherente al ser persona, a la humanidad y ésta es siempre particular y concreta, enmarcada en coordenadas de tiempo y espacio… en otras palabras: sociohistórica.

Por ello, no es tan sencillo eso de de la fe y la política –¡tremendo problema el de este documento!– y las relaciones entre teología y realidad histórica. Por una parte, la realidad histórica de cada coyuntura cultural, sociopolítica y económica, informa a la fe, y ello delimita las condiciones en las que habita el o la creyente –o si prefieres, la comunidad eclesial–. Es éste su ámbito de expresión concreto y obligatorio. Pero, a la vez, toda realidad y toda cultura –y, en ella, la sociedad o forma de vida– está llamada a ser confrontada desde los valores evangélicos implícitos en los contenidos de la fe cristiana, ya nombrados anteriormente. Eso es inculturación de la fe: el discernir, desde la praxis de Jesús de Nazaret y los valores del Evangelio, los valores presentes en la cultura de todo pueblo o forma social. Ello, porque ninguna forma cultural es perfecta o acabada, ni puede ser norma y criterio de su propia crítica y construcción. Por demás, para el cristiano, estudiado o no, la norma y medida por excelencia se encuentra en la práctica histórica de Jesús de Nazaret. ¿Cristocentrismo? ¡Pues, claro! Si no, ¿qué sentido tendría proclamarse cristiano?

Lo absoluto para el cristiano mexicano.
En este contexto el horizonte necesario, aquél que inspira toda acción y reflexión sociopolítica y que da sentido cristiano a cualquier posición personal e institucional frente a la realidad, ha de girar en torno a la búsqueda de una fe que humaniza y, en este sentido, fraterniza al reconocer nuestra filiación primera y gratuita con Dios. Para ello, el cristiano no sólo necesita reflexionar sobre el fin último y las metas que un determinado sistema sociopolítico y económico persigue, como podría serlo, por ejemplo, el paso de condiciones de vida menos humanas a más humanas; o aquello que en México hemos escuchado llamar como “dignificación”. Por desgracia, la mayoría de los cristianos juzgan así las cosas, y conceptualizan como lícitos los medios si el fin es, en sí, bueno.

Superando esta corta visión de las cosas, como cristianos –y cristianos mexicanos, partiendo del sitio donde escribo– se hace urgente e imprescindible reconocer si son o no tan nobles o humanizadores los medios como los fines. Es asunto de vital importancia preguntarnos: ¿los medios que se están empleando poseen validez ética para alcanzar este determinado fin?

El reto es de todos, pero en éste tienen mayor responsabilidad aquellos que conducen la comunidad cristiana: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas… pero también catequistas, ministros de la palabra y de la eucaristía. Todos tienen la responsabilidad de asumir nuestro cometido profético, orientado a una praxis acorde al evangelio y que conjugue, con palabras y obras, la crítica de los fines.
Pero no sólo quedarnos allí, aún hay más: es necesario desarrollar una narrativa política cristiana, de tal fuerza evangélica que sepa juzgar éticamente tanto las mediaciones socioeconómicas como las prácticas políticas que se están implementando en un sistema político como el que hoy se instaura en el país. Y, en ello, está implicado todo cristiano que tome en serio su fe, puesto que sólo un posicionamiento honesto y sincero frente a las distintas mediaciones de la práctica política actual puede contribuir a la des-absolutización de las personas, sistemas e ideologías actuales cuya clara tendencia son modelos autoritarios y nacionalistas, solapados en slogans de democracias sociales, tremendamente centralizadas y obviamente poco morales y transparentes en lo económico.

En éstas, por demás, la disidencia y la pluralidad brillan por su ausencia.
Pero, atención: la crítica sociopolítica de un cristiano se dirige a los principios, no a las personas. Es decir: la crítica se realiza sobre conceptos y nociones que inspiran la praxis sociopolítica y económica de un determinado régimen o gobierno y las proyecciones de sus consecuencias, incluyendo lo social y lo ideológico. Por ello se llama crítica: porque se parte de criterios establecidos, se confrontan valores.

Para concluir, me permito recordar las palabras de uno de los hombres más importantes del siglo XX: Pablo VI. En 1971, en la Carta Apostólica Octogesima adveniens (Nº 46), expresaba su profunda preocupación sobre el discernimiento sociopolítico de los cristianos, en estos términos:
“En este encuentro con las diversas ideologías renovadas, la comunidad cristiana debe sacar de las fuentes de su fe y de las enseñanzas de la Iglesia los principios y las normas oportunas para evitar el dejarse seducir y después quedar encerrada en un sistema cuyos límites y totalitarismo corren el riesgo de parecer ante ella demasiado tarde si no lo percibe en sus raíces. Por encima de todo sistema, sin omitir por ello el compromiso concreto al servicio de sus hermanos y hermanas, afirmará, en el seno mismo de sus opciones, lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva de la sociedad”.

Las palabras del papa Montini son proféticas y son una luz en nuestro camino. El Señor nos bendiga y nos conceda asumir con responsabilidad la historia que hoy nos toca vivir en esta tierra de gracia, llamada Venezuela.

Salud y larga vida y luchar para vivir.

@profesor_F

Modificado por última vez en Lunes, 04 Abril 2016 19:45

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