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LA TORTURA Y SU ARRAIGO CULTURAL

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Francisco Flores Legarda

 

“Dijo – Dios, haz que nada tenga que no sea mío – Y se esfumó” Jodorowsky

Con el surgimiento de la CNDH y la suscripción de tratados internacionales, la tortura ha tratado de ser erradicada de nuestra realidad nacional.

Hace días, se presentó a la opinión pública, un documento ejecutivo que revela los resultados del llamado Diagnóstico Nacional de la Percepción de la Población sobre la Práctica de la Tortura, que fue realizado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, acargo de Verónica Cervera Torres y la Universidad Nacional Autónoma de México, a través del Instituto de Investigaciones Jurídicas.

Los resultados son muy interesantes ya que permiten comprobar que la práctica de la tortura tiene un hondo arraigo cultural dentro de nuestra sociedad y en consecuencia, una parte importante de la población, justifica su práctica.

Durante los tres siglos de la Colonia, la tortura fue practicada como método de investigación y castigo por la Santa Inquisición. Se pensaba que el diablo penetraba en la conciencia de algunos hombres y eso los llevaba a ser pecadores, delincuentes y contrarios a las ideas religiosas que profesaba la Iglesia católica.

Para derrotar al mal, había que infringir castigo y debilitar al cuerpo. A medida que ello sucedía, surgía el arrepentimiento y la confesión de los pecados. Una vez obtenida la revelación y aplicado el castigo, se argumentaba que se había ganado la batalla.

En las recomendaciones de los organismos públicos de derechos humanos por casos de tortura, suele incluirse, entre los puntos recomendados, que se imparta a los servidores públicos de la institución a la que pertenecen los autores del atropello un curso en el que, entre otras cosas, se les explique que la tortura está absolutamente prohibida en toda circunstancia.

Esa lección cumple una función similar a la que cumpliría otra en la que se indicara a los conductores de vehículos automotores que el Reglamento de Tránsito y el Código Penal desautorizan atropellar peatones intencionalmente. No hay un solo servidor público, ni en México ni en ningún país democrático, que ignore que la tortura es un delito muy grave que tiene asignada una punibilidad muy alta.

Podemos estar seguros de que los servidores públicos que maltratan a una persona no lo hacen porque ignoren que esa conducta es delictiva y que la ley ordena que se castigue con rigor. Es probable, en cambio, que se animen a hacerlo porque tengan la idea de que serán tolerados o encubiertos, que su proceder no tendrá costo alguno para ellos. Para que les quede claro a todos que no habrá más tolerancia o encubrimiento con respecto a abusos de poder, la única señal inequívoca será la aplicación de la ley sin excepciones en todos los casos de que se tenga conocimiento.

Es preciso que la tortura no sólo sea condenada discursivamente cuando todo el mundo se entere de que un individuo ha sido torturado, sino que se ejerza una vigilancia estricta por parte de los superiores jerárquicos de la actuación de los servidores públicos que tienen oportunidad de torturar. Cuando una persona es detenida por un agente de las fuerzas de seguridad, éste debe ponerla de inmediato a disposición del juez que dictó la orden, si la aprehensión obedece a mandamiento de la autoridad judicial, o del Ministerio Público, si la detención se produjo en flagrante delito o por caso urgente. Los superiores jerárquicos deben indagar, cada que un detenido señale que fue torturado, qué ocurrió a partir del instante en que se le capturó, recabando los testimonios de los agentes que lo detuvieron y de los que le tomaron declaración, y aplicar el Protocolo de Estambul.

En la casa de un amigo descubrí entre sus libros, un título que llamó mi atención: “Historia de la Tortura” de Lewis Lyons (Editorial Diana, México, 2005).

En sus páginas se resume en un análisis ameno e informativo la trayectoria de este controvertido tema.

La tortura es una forma que adopta el castigo. Sus propósitos son la retribución, inhabilitación, disuasión y reforma del ejecutante de un delito y está presente en cada régimen penal.

Torturar es un acto que amenaza la estabilidad de la comunidad, pero también se relaciona estrechamente con los que atentan contra el poder económico y político de la elite dominante.

La Convención de las Naciones Unidas definió la tortura como: “Acto con el cual se inflige intencionalmente a una persona severo dolor y sufrimiento, físico y mental, con fines tales como obtener información o una confesión de ella o de un tercero, castigarla, intimidarla o coaccionarla por cualquier motivo basado en la discriminación cuando es infligido por o a instancias, consentimiento o aquiescencia de un funcionario público u otra persona que actúe con carácter oficial”

El autor del libro hace un recorrido por la tortura desde la antigüedad y señala las características adoptadas por esta manera de martirio a seres humanos y como se ha puesto en práctica por los distintos códigos penales en las diferentes civilizaciones.

Comienza con el Código de Hammurabi, en Mesopotamia, el más completo de su época, que aplicaba la Ley de Talión. Menciona también las Leyes de Manú en La India y los Diez Mandamientos Bíblicos como un reflejo de leyes divinas

El Código Tang, en China, y la Sharia, dogmática legislación de principio religioso del Islam, muestran también en su accionar la imposición por medios violentos.

Las grandes culturas occidentales flexibilizaron un poco las medidas. Grecia aportó algo significativo hasta hoy: la democracia. Roma dio el Código Legal Romano, objeto de estudio hasta nuestros días.

Pero los avances relativos que se suscitaron no fueron óbice para que continuaran los atropellos contra las personas, incluida la pena capital, en todo el mundo. Estas normas perjudicaban más a las clases inferiores, sobre todo a los esclavos.

La Edad Media, con su carga oscurantista, mantuvo el suplicio de forma cruel igual que en tiempos anteriores. Las penas que se infligían a los transgresores eran cortar orejas, manos, pies, sacar ojos, quemar en la hoguera, crucificar, flagelar y muchas más.

La tortura en el mundo moderno se mantiene también. Golpes, fuertes sacudidas, quemaduras con cigarros, cautines y descargas eléctricas son otros procedimientos usados en la actualidad.

China es el país donde estos escarmientos se hallan más extendidos. El caso de Zhou Jiang Xiong, en 1998, fue relevante. Fue colgado de cabeza, azotado, golpeado con mazos, y castrado, como castigo por no declarar donde se hallaba su mujer embarazada sin permiso. Lo hallaron culpable de violar el control estricto de la natalidad vigente en esa fecha.

Actualmente, la tortura mental es el procedimiento más sutil empleado por los gobiernos en todo el mundo. Lavado de cerebro, campamentos de reeducación, desorientación, humillación y asilos mentales forman parte de las nuevas estrategias empleadas para disfrazar esta realidad. Su control por Amnistía Internacional no la disminuye.

El texto no hace ninguna referencia a algún tipo de tortura en Cuba, sin embargo el escritor señala “….prohibida en todo el orbe, su práctica está documentada en todos los continentes….”.

Nuestro país no es la excepción. Durante casi toda la existencia de México se ha aplicado la tortura física. Ahora se asume la tortura con carácter psicológico hacia todos aquellos que disienten de los preceptos de la clase en el poder. Formas más refinadas de amedrentar y disuadir son usadas por los aparatos represivos para mantener el status quo.

Las personas del mundo, debido a los contrasentidos de nuestra vida, tienen un símil para expresar el agobio que les produce. La frase popular lo resume todo: “esto es una tortura”.

Salud y larga vida y luchar para vivir.

@profesor_F

 

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